miércoles, 11 de abril de 2012

¿O le debo una disculpa?*


Me tienen los ovarios por el piso las divorciadas cool.

Esas que hasta los cuarenta años te contaban que tenían el mejor marido del mundo y te hacían sentir tan desdichada. Faah, qué padre para sus hijos. Qué sostén para el hogar. Qué jardinero para la madreselva. Y, lo más importante de todo, qué amante para su esposa. Sí, porque el futuro ex era, antes de ser ex, un creativo sexual de la San Puta. Un tipo que viajaba por el mundo porque así lo requería su (cool) profesión y cuando volvía se encerraba con la futura divorciada durante tres días seguidos en la habitación para probar todas las perversiones que sabiamente había recogido allende los mares. Y al tipo no le faltaba nada, che. Que tríos, que cuartetos, que drogas, que objetos... La futura divorciada te narraba unas orgías que ni Sodoma y Gomorra bajo la dirección de Coppola (Guillermo): "Los chicos ya saben que cuando vuelve Jorge durante tres días no deben molestarnos". "Los vecinos a veces se quejan por los gritos que pegamos". "Tenemos un matrimonio amigo que siempre se prende a jugar con nuestras novedades".
Para colmo, la futura divorciada se esforzaba en especificar cuán dotado estaba Jorge... "no sabés, la tiene E-NOR-ME; cuando viene de viaje yo quedo  toda dolorida y no puedo NI SENTARME porque este loco no me deja de coger ni un segundo".  Claro, vos mirabas al petiso en cuestión y te costaba creer que en ese metro cincuenta y ocho estuviese contenido tamaño miembro viril... encima, el diagnóstico por rostro daba mal: el petiso aparte de petiso era fiero como un susto a la medianoche y tenía unos dientes saltones que parecían hechos para destazar un mandril precámbrico antes que para practicarle sexo oral a ninguna mujer.  Sin embargo, sólo porque en el fondo sos una buena mina, vos le creías a tu amiga y no podías evitar cuando volvías a tu casa lanzar una mirada un tanto despectiva a tu pareja de turno que te cebaba unos mates amargos mientras miraban juntos el último capítulo de CSI Tronco Pozo.

La cosa es que la futura divorciada un día se divorcia, y de golpe y porrazo se descubre que el tipo éste que era el paradigma de lo maravilloso no ponía un mango en la casa, no le podía acertar con claridad a las fechas de cumpleaños de cada uno de los tres pendejos, hacía más de un año que no la tocaba ni con un chorro de soda y encima no era capaz de levantar una mísera caca de perro del patio de lajas. Qué sorete pasó, te preguntás vos. Y tu amiga hecha un mar de llanto te cuenta que su vida siempre fue un calvario, que encima él se puso como loco cuando descubrió que ella había tenido un par de relaciones casuales con dos compañeros de trabajo y que todo se había ido a la mierda porque su virilidad no lo había podido soportar.
Ahora bien, ¿adónde carajo quedó la supuesta posmodernidad parejil, con modalidad swinger e introducción de objetos electrónicos en diversos y simultáneos orificios? ¿Qué aconteció que llegada la hora de los bifes el marido perfecto y europeizado se desquició como lo hubiese hecho mi propio padre al descubrir la "indiscreción" de la esposa? ¿Qué pasó que ese glamoroso Sex&The City que habitaban terminó siendo de bajo presupuesto y protagonizado por actores bolivianos?

Oh, cuánto detesto a las divorciadas cool. Cuánto pescado podrido nos venden estas hijas de re mil putas.  Después te dicen que ahora sí que son libres y que están disfrutando de la vida como nunca. Ahí andan las muy forras, haciéndose tatuajes que empiezan en el lóbulo de la oreja derecha y terminan en el dedo gordo del pie izquierdo. Por ahí circulan, contándole a quien quiera oírlas que siempre tuvieron talento para el arte y reventándote cada fiesta de amigos con sus ganas de cantar una de Patricia Sosa. Desde ahí te miran, con un rictus de cinismo que parece decir "pobre pendeja, ya vas a descubrir la verdad de la vida" mientras le dan una pitada a su cigarrillo imitando las poses más trilladas de la inolvidable Marlene Dietrich.

Y, mientras tanto, intentan demostrarte cuán superadas están exhibiendo el bretel del corpiño colorado, buscando levantarse al pibe más joven de la reunión o pidiéndole por favor al marido de la dueña de casa que se las coja por un ratito aunque sea porque no se bancan ni una noche más de depresión y soledad.

Hasta que un día cualquiera te las cruzás de la mano de un jovato generoso y las ves fingiendo que encontraron el amor eterno y  tienen el descaro de decirte que armaron una familia después del primer fin de semana juntos porque "nacieron el uno para el otro". En el interín, vos  no dejás de imaginarte qué sienten en verdad cuando tienen que ponerse de rodillas para chuparle los huevos caídos al sesentón que consiguieron en el último outlet para que las ayude con unos mangos a comprarle la ropa de 47 Street a la hija adolescente que sigue exigiendo como si el Titanic continuara en una sola pieza.

Divorciadas cool, pedazo de truchas del orto. Mentirosas de pacotilla, superadas de cotillón, Susanitas con camuflaje.

Péguense un tiro, imbéciles.

Y después llámenme a mí  para apretar el botón que permite que el cajón pase de la sala de parientes derechito al crematorio.


 No se imaginan cuántas ganas que tengo de verlas arder en algún penoso infierno.

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Referencia:
*"¿O le debo una disculpa?":  La frase la dice Will Smith en Hombres de Negro después de haberse despachado a gusto diciendo todas las barbaridades que piensa al agente del gobierno que lo está sometiendo a examen.   Men in Black, dir. Barry Sonnofeld, USA, 1997.

domingo, 31 de julio de 2011

La maldita energía de Benny Blanco

Uno no se reforma, sólo se queda sin energía
Carlito Brigante



Pues resulta que sí.
Que me importa tres carajos que la crítica experta defina a Scarface como obra maestra y a Carlito's way como una película donde sólo vale la pena ver la actuación de Sean Penn.
Resulta que a mí el que me mueve el piso es Carlito Brigante (Al Pacino).
Y vos estás ahí sentado y me preguntás por qué no quiero faltar mañana al trabajo, con ese dolor tan raro que tengo en el costado izquierdo.
Y yo te respondo que por favor no me lleves al hospital, porque las salas de emergencia no salvan a nadie, y cualquier hijo de puta te dispara a medianoche cuando sólo hay un residente chino con una cucharita.
Pero vos seguís ahí en el borde de la cama, me acariciás los dedos de los pies y me sugerís que tome una licencia laboral, que me cure bien, me decís. Total, la plata no nos hace falta, seguís argumentando. Que cualquier psiquiatra me va a firmar uno o dos meses, sostenés.
No, querido. No falto ni mañana ni nunca. 
Porque Carlito se ausentó por cinco años y cuando volvió al barrio se encontró con un montón de tipos jóvenes que no reconocía. 
Qué son cinco años en esta vida. Una mierda, parece. Una charada en cualquier existencia.
Pero resulta que no. Carlito volvió y se encontró con que el crimen organizado ya no existía: sólo hay una banda de vaqueros que se roban unos a otros, que te matan por el placer de hacerte volar.
Mi barrio ya no existe, dice Carlito.
En esta cosa que no es mi barrio a nadie le interesa le interesa una mierda que Carlito Brigante haya decidido alejarse de la vida criminal. Rehabilitarse, revigorizarse, reasimilarse, reacomodarse. Pero ¡guarda! No por ninguna pedorra cuestión moral. Brigante sabe bien que uno jamás se reforma: sólo se queda sin energía.
Es que no quiero volver a las calles, le dice Carlito a su abogado y amigo del alma, David Kleinfeld. Kleinfeld lo mira y le pregunta y qué otra cosa sabés hacer vos.  Carlito le cuenta su sueño: quiere irse a Bahamas a alquilar autos a turistas. Claro, Kleinfeld se le mata de risa en la cara. Porque mientras Brigante ha estado esos cinco años en la cárcel, David dejó de ser su amigo abogado y se transformó en un gángster de primera línea, un poco por envidia de esos matones que se sienten tan viriles y bailan con las chicas más bonitas y otro poco por la codicia de ver pasar todos los días delante de sus ojos millones y millones sin poder tocar un mango. Un gángster que no entiende algunas cosas, este Kleinfeld con la nariz llena de polvo blanco. No entiende que ahora está del otro lado: un juego totalmente nuevo, que no puede aprenderse en la Universidad y que no puede comenzarse de viejo. Pero, como buen abogado, sí la tiene clara en ciertos cambios del mundo contemporáneo. Por eso le dice a Carlito cuando descubre la traición: Al carajo vos y tu código santurrón de la condenada calle. ¿Acaso te redujo una condena de treinta a cinco años? No, yo lo hice (...). Tu mundo es de este tamaño y la regla es "salva tu pellejo".

Cinco años, cinco meses, cinco días fuera del trabajo que define tu esencia puede ser toda una vida y yo lo sé muy bien. Carlito está aferrado a los viejos códigos que ya no le sirven para descifrar un universo donde marijuana y minifaldas han sido reemplazadas por plataformas, cocaína y bailes que él no sabe cómo bailar.
Esperanzado en su desesperanza, buscando un puto rostro que lo mire como lo miraban antes, Brigante se reencuentra con Gail, su viejo amor danzante.  Y si bien le hace ruido que intercale la música de Delibes en la escuela de ballet con su trabajo de stripper, igual vuelve a enamorarse. Y rompe la cadena del departamento para cogérsela porque ella se lo pide. Porque, aunque siente que está muy viejo, sabe que si no puede entrar, no puede penetrar. Y  hace partícipe a la rubia bailarina de su proyecto de alquiler de autos en Bahamas y la embaraza como manda el Dios de los canallas hispanos regenerados: para hacerle un hijo macho.
Entonces llega un momento en que Carlito, inmerso en su obsesión por juntar los setenta y cinco mil que necesita para cumplir su sueño, se encuentra asediado por el fiscal Norwalk, que sigue pisándolole los talones desde el momento en que salió de la cárcel gracias a los subterfugios de Kleinfeld. Por  Lalín, ese viejo conocido de los buenos tiempos que ahora anda de soplón con micrófono incluido porque ya no sabe cómo seguir viviendo en una maldita silla de ruedas.   Por el mismo Kleinfeld, que para salvar su propio negocio es capaz de mentirle a Dios y María Santísima asegurando que Brigante hace muchas cosas más que regentear el club de Saso. Por la mafia italiana, que intuye que Brigante acompañaba a Kleinfeld cuando los Taglialucci  fueron asesinados. 
Pero resulta que no.
Que, al final de los tiempos, a Carlito no lo joden ni Norwalk, ni Kleinfeld ni el hijo sobreviviente de Taglialucci.
A Brigante lo revienta Benny Blanco, el del Bronx.
Sí, ese tipo que Carlito desprecia, ese jodido mocoso que trafica un par de gramos y ya se siente que es la gran cosa. 
Benny Blanco, el del Bronx.
Ese pendejo que está en ascenso y que admira a Carlito, y le ofrece unas copas de las buenas para sentarse y aprender de él, porque eres una fucking leyenda, Brigante. 
Benny Blanco, el del Bronx. 
El joven de bigote y traje rojo que idolatra a Carlito, y Carlito desprecia... o teme. Porque, tal como le dice Saso, es igualito a tí hace veinte años.
¡Nunca como yo!, grita Brigante. ¡Nunca como yo!  Y no sólo no se toma la copa con Blanco, sino que lo humilla, se burla de él en público, lo caga a golpes y, lo peor de todo, no lo liquida. Estás en los libros de historia, más vale que me mates ahora, le dice Blanco.
Pero ese Carlito que ha perdido energía lo deja volver a su casa.
Porque resulta que es así: Benny Blanco, el del Bronx, es quien le mete el tiro del final cuando está por abordar el tren a Miami, dejando a Gail embarazada llorando con los muchachos de la ambulancia que lo llevan a la maldita sala de emergencia.

Claro que es cierto: llegás a una edad donde recordás muy bien por qué cada uno quiere eliminarte.  Pero lo que no podés hacer es prever por dónde va a venir tu Benny Blanco, mi amor.

Y por eso yo no me ausento ni un puto día del trabajo.

Metete la licencia médica en el orto, corazón. 

A mí del laburo me van a sacar con las patas para adelante.

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Referencias

- Carlito's way. USA, 1993. Dir.: Brian De Palma. Con Al Pacino (Carlito Brigante), Sean Penn (David Kleinfeld), Penelope Ann Miller (Gail), John Leguizamo (Benny Blanco), James Rebhorn (Fiscal Norwalk), Jorge Porcel (Saso), Viggo Mortensen (Lalín), Joseph Siravo (Vincent Taglialucci). Casi casi mi película favorita: ¡corré al video club si no la viste, mierda!
- Scarface. USA, 1983. Dir.: Brian De Palma. Con Al Pacino, Steven Bauer y Michelle Pfeiffer.

domingo, 24 de julio de 2011

La Tía Coca

Habla Inés Postani, mientras se sirve un té con edulcorante en su comedor y me convida otro criollito untado con dulce de leche.


(...) No, no, Gilda. No estás entendiendo. El problema no es mi cuñada. El problema es la Tía Coca.
Resulta que un día estaba mi cuñada laburando en el negocio, y cae un tipo veinte años mayor que ella. Ramón, se llamaba.  Conversaban mucho, che. El tipo era técnico constructor y ella trabajaba en una ferretería. Había todo un mundo de taquitos Fischer, de cemento Minetti  y de tenazas pico de loro para compartir.  Después de estar noviando durante un par de meses, mi cuñada tomó la posta y decidió que ya era hora de la convivencia. Y se lo llevó a la casa, nomás. Mi suegra no dijo ni mu: estaba demasiado preocupada porque su próxima deposición no tuviese sangre o parásitos. El que sí se puso como loco fue el marido de  mi cuñada, el Víctor: que cómo se te ocurre, que qué van a decir los vecinos, que cómo vamos a criar así a los chicos.
Entonces el Víctor metió algo de ropa en el bolso y se rajó. Ahí el que estuvo bien fue el Ramón.  "No puede andar boyando por ahí ese pobre muchacho con los problemas de salud que tiene", dijo.  Y medio como que se le impuso a mi cuñada. "Flaca, una cosa sería sin el tercer bypass, pero estando así la situación... más vale que hagamos lo que corresponde en decencia. Para eso fuimos criados en hogares cristianos vos y yo". Y el Ramón le prestó un departamento que tenía en Alberdi para que se instalara el Víctor, y hasta se preocupó por llevarle un colchón que había sido de su hermana así no se tenía que tirar en el mero piso.
Pero las cosas no funcionaban. Víctor estaba cada día más depre y no conseguía un trabajo. Por eso mi cuñada volvió a llevárselo para la casa, total, las camas sobraban. Fue justo ahí cuando  se armó el tole-tole con la Tía Coca, que decidió repudiar a mi cuñada por degenerada en pleno bautismo del Facundito, el nieto del Ramón. La cuestión es que después del repudio nunca más volvimos a ver a la Tía Coca, y hace un tiempo ya que nos llegó la noticia de que había habido un accidente con un colectivo en barrio Yapeyú, y parece que la Tía Coca iba adentro de ese ómnibus. 
La cosa es que al día de la fecha no sabemos si la Tía Coca se murió o sigue viva, Gilda. Todos los días mi marido y mi cuñada hablan por teléfono y se preguntan qué habrá pasado con la Tía Coca. Imposible no recordar el estilo que tenía la vieja combinando pilchas: ¡lograba lo inaudito! Esos collares con pelotas de colores encima de las telas estampadas compradas en la San Martín... vos no me vas a creer, ¡pero a ella le quedaban bien! Y qué querés, no era una negra de última: siempre tuvo clase, la vieja...  ¿Qué cuánto tiempo pasó desde el supuesto accidente? (se da vuelta y mira hacia el dormitorio cuya puerta, aún cerrada, deja oir los vaivenes de Argentina-Uruguay) ¡Roberto! ¡Roberto! ¡Contestame, la puta madre que te re mil parió!  ¿Hace cuánto que no sabemos de la Tía Coca? (murmullo inaudible desde la habitación, opacado por los gritos que provoca en el barrio la nueva atajada de Muslera).  Ahí está, ya lo oíste: desde la última Copa América. ¿Cómo? ¿Que por qué no fuimos a tocarle el timbre a la vieja? ¿Estás loca, vos? ¡A ver si todavía nos atiende y tenemos que dar explicaciones!
Pero bueno, lo importante es que todo se resolvió en familia. Hoy, si la invitás a mi cuñada a la cena de Navidad te caen todos juntos:  el Ramón, el Víctor, los pibes y ella.  Y la pasamos bomba, Gilda: el Ramón nos trae lechón relleno con roquefort y el Víctor se cae con una bolsa llena de fuegos artificiales.
La verdad es que la hizo muy bien, la Flaca. Uno le hace los asados y le para la olla  mientras el otro le corta el pasto y le lleva a los nenes a la escuela.  

¿Qué? ¿Qué si garcha con los dos o con uno solo?  
¡Si serás asquerosa, Berger! ¡Mirá si le voy a hacer esa pregunta a mi cuñada!  

Yo siempre respeté la intimidad de las personas. 

domingo, 17 de julio de 2011

Pura sociología

Para Trinity


Mirá, me agarraste con la guardia baja y la columna destruida después de caminar cuarenta cuadras por la Costanera, así que por esta vez te voy a decir la verdad.

La agenda de toda mujer está compuesta por tres tipos de amigos.

En primer lugar, los amigos propiamente dichos. Me estoy refiriendo a ésos que ni con la lucecita de un puntero láser tocarías. ¿Por qué? Porque no hay química, corazón. Adorás al tipo, se apoyan mutuamente en todo, pero ni aunque se tratase de George Clooney en su mejor momento te provocaría el más mínimo movimiento hormonal.
(Eeeeh... bueno. Tal vez exageré un poco con lo de George Clooney. Pero sigamos adelante: total, ninguno de mis amigos se parece demasiado a él).

En segundo lugar, están los amiguitos. Sí, son tus amigos pero, sospechosamente, cada vez que sabés que te vas a encontrar con alguno te preparás mejor que para una sesión de alpinismo en el K2.  Así es que en ocasión de una juntada de mate y facturas con el amiguito, vos caés envuelta en una nube de Be Delicious de Donna Karan y mejor depilada que Ilona Staller en Cicciolina Amore mio.  Y mientras le das vuelta en tu boca a la crema pastelera no hacés más que pensar "Ya te voy a agarrar en el baño y sin papel" o frase equivalente según la edad y condición social de la infrascripta. 
Entendámonos: con el  amiguito  no has yacido aún porque tiene una mujer celosa que lo llama cada cinco minutos, porque es el novio actual de tu mejor amiga o porque acredita un pasado psiquiátrico con estadía de dos años en el Asilo de Arkham alimentado a insectos de ocho patas.
Pero la verdad es que con dos vasos de Ser Pomelo Rosado encima, y frente a la primera señal de "ahora" que  puedas llegar a detectar, estás lista para saltarle a la yugular con tu colmillo más afilado. Porque si en el primer caso no había química, acá vos sentís adentro tuyo cómo cada uno de los elementos de la tabla periódica baila al ritmo de la salsa y el merengue mientras sorbés de la bombilla fingiendo una calma transparente.

Por último, están los amigotes.  Los amigotes son una especie de spa gratuito en tu rutinaria vida. Cuando estás enojada con tu pareja, cuando se te cayeron los planes A, B y C de la noche del sábado de forma sucesiva e inexplicable, o cuando algún tipo particular de aburrimiento ya se está dejando sentir en  la fase inferior de tu espina dorsal, vos te comunicás con el amigote y él te dice "vení para acá" o "voy para allá". Y al breve rato estás felizmente arrodillada frente a su pija enorme, con los ojos cubiertos por la corbata que él usa para ir a laburar todos los días y obedeciéndole con constancia trabajadora cuando te pide "lameme los huevos como si fuesen un helado, de abajo hacia arriba".  

Después de que el amigote eyacula sobre tu mejilla izquierda, se levanta y te prepara un té de hierbas con unas gotas de edulcorante.  Y al otro día vos volvés a lo de siempre, pero más renovada que si te hubieses pasado un fin de semana completo en la Posada del Qenti, mascarilla de barro incluida.

En fin, esas cosas simples que nos gustan a todas, ¿verdad?







viernes, 15 de julio de 2011

El agujero de Irina

Mi amiga Analía me vendió un demaquillante maravilloso: de una sola pasada te quita toda la pinturita que una se pone en los ojos. Sucede que la pinturita que yo me pongo en los ojos sirve para volver la Casa Rosada de color verde, así que me puse muy contenta de no tener que rasquetear mi pupila largo rato como venía haciendo con mi crema de segunda marca. 
"Es un bifásico", me dijo Analía. Al observar mi manifiesta ignorancia, ella me explicó que el producto consta de dos partes, y que cada vez que necesitara usarlo debía agitar la botella para que ambos elementos se unieran y el demaquillante funcionara. "Pero atenti que no podés hacer cualquier tipo de movimiento", agregó. "Es como hacerle la paja a un tipo: torcé un poco la mano hacia la derecha, agarralo con suavidad y firmeza a la vez y recién ahí te lo podés meter en la cara".
Está bien, dije yo. Si Lancôme lo dice... Esto debe ser lo que llaman por algunos lados "cosmética científica", pensé. Y al toque me acordé de Irina Palm, la de Sam Garbarski. 
A Maggie la conocí en I-Sat alguna noche de insomnio. Es una mujer que pasa los sesenta años y se encuentra viuda, sin un mango en el bolsillo y con un nieto que necesita realizar un viaje a Australia para recibir un tratamiento particularísimo.
Como corresponde a toda abuela como la gente, Maggie se pone en campaña para conseguir el dinero, pero descubre que en ninguna parte de su ciudad existe interés en emplear a una sexagenaria que hasta el momento sólo ejerció como ama de casa.
A una sexagenaria del mundo real: con los excesos de peso correspondientes y sin rastros de cirugías en la cara.
Por un error, y siguiendo un cartel que dice "se busca anfitriona", Maggie entra a un puterío que se llama Sexy World, esperando realizar alguna tarea de limpieza. Pero Miki, que es el dueño, acaricia las manos de la abuela y se ve asaltado por alguna específica intuición masculina. Entonces se anima a probarla en el agujero.
El agujero está en una pared que divide a una habitación donde se encuentra la anfitriona y otra pieza donde se ubica algún cliente. Luego de introducir una moneda, el cliente coloca su pija en el agujero y la anfitriona, que está del otro lado esperándolo, lo masturba. El tipo debe acabar en un par de minutos, para dejarle lugar al otro sujeto que sigue en la fila.
Cuando Maggie empieza a laburar en el agujero, se ve invadida por una gran repulsión. Las arrugas de su cara se contraen con una expresión de asco al tocar los penes de los hombres. Cuando el tipo de turno acaba, ella busca rápidamente un Kleeenex de su cajita floreada para recoger el líquido viscoso y tirarlo al tacho de basura lo antes posible.
Sin embargo, el tiempo pasa y algo raro empieza a suceder. La fila de varones que esperan para ser tocados por la mano de Maggie es mucho más larga que la cola que se hace para acceder a la caricia de la chica asiática que la instruyó.  Y un día cae Miki y le dice "tenemos que buscarte un nombre". 
Así nace Irina Palm, la masturbadora más célebre de toda Londres. Se vuelve tan, pero tan famosa, que el dueño del prostíbulo más grande del Soho (Sex-O-Roma) quiere tentarla con la Irina Piaza: un lujoso sector exclusivamente dedicado a la paja masculina, donde Irina desarrollaría su labor mientras instruye a jóvenes chicas en su método perfecto.  Claro, Irina tiene su ética, y le dice que no al gordo rico, que ni en pedo se va para Sex-O-Roma porque todo se lo debe a Miki.
Lo interesante del asunto es que, durante el proceso, a Maggie le pasan varias cosas. Junta la plata para su nieto pero el hijo se entera del origen de la guita y la desprecia. La ataca una enfermedad clásica de toda masturbadora, el codo de pene, aunque sigue yendo a laburar utilizando con notable eficiencia su mano izquierda. Le deja de interesar juntarse a tomar el té con sus amigas del barrio o chusmear con otras mujeres mientras barre la vereda. Empieza una relación romántica con Miki, compuesta fundamentalmente de conversaciones antes o después del horario laboral.
Pero lo más importante es que Irina se empieza a divertir por primera vez en su vida. Tan bien la está pasando, tan realizada se siente, que se da el lujo de decirle en la cara a una supuesta amiga: "Siempre supe que mi marido se acostaba con vos. Sé bien que te gusta que te den nalgadas".
Y como ya no le calienta tres carajos su pasado con el forro del esposo, se deshace de la fotografía conyugal y se va de compras al minimercado, donde las vecinas miran con repudio a la novel puta.

- ¿Lo de siempre, Maggie?, pregunta la vendedora.
- No. Hoy quiero chocolates, responde Irina Palm con su amplia sonrisa.



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Referencias


- Irina  Palm (La Profesión de Irina Palm en Argentina).  Reino Unido-Bélgica-Luxemburgo-Alemania, 2007. Dirección: Sam Garbarski. Con Marianne Faithfull, Miki Manojlovic y Kevin Bishop.

Este texto manifiesta mi repudio al Decreto Presidencial Nº 936/2011 y mi apoyo al Comunicado de Prensa de AMMAR (Asociación de Meretrices Argentinas) del 6 de julio del 2011.

lunes, 4 de julio de 2011

Desenlaces luminosos

Pasar algunas noches sin dormir es una situación que tiene sus bemoles.
Es decir, sin dormir posta, no porque te pintó la caravana y estás divirtiéndote con tus amigos entre bares, porros y discotecas.
Yo digo sin dormir de verdad, cuando noche tras noche ponés la cabeza sobre la almohada y ya sabés de movida que no vas a poder conciliar el sueño.
Claro que de día está todo más que bien: si sos profesor das las mejores clases de tu vida. Si tu oficio es el de escritor, seguro que generás los relatos más apasionantes. Si te recibiste de arquitecto, diseñás los edificios más locos y vanguardistas. 
El mambo viene a la noche.
Porque si vivís sola, le quitás todas las pilas a los relojes y cambiás el cuerito de esa canilla cuyo arreglo venías posponiendo hace dos semanas. Todo sea por no sentir esos breves ruidos molestos que en tu cabeza se reproducen como el taladro de  los muchachos que en plena intersección de Colón y General Paz están lidiando con el asfalto.
Y si vivís acompañada, tenés que fingir un cacho de cordura. Te levantás sin hacer ruido y te ponés a leer en la mesa de la cocina una novela de Murakami que relata cómo el primer amor entre dos pibes pre-adolescentes los marca tan profundo que nunca más pueden construir relaciones genuinas con nadie.
Cuando se te acaba la novela de Murakami y ya arrasaste con todas tus botellas de champagne, con la totalidad de las cajas de alplax y bromazepam y con la reserva completa de tus sandwiches de miga, te ponés a mirar de nuevo, auriculares mediante, esa película de Nolan que te comió la cabeza en el dos mil dos.
Estamos hablando de Insomnia, donde al Detective Will Dormer (Al Pacino) le está pasando lo mismo que a vos.
Pará que te explico un poco.
Dormer vive en Los Ángeles y de golpe cae con su compañero para resolver el crimen de una joven en un simpático pueblito lleno de montañas y lagos y demás bellezas naturales. 
Llega muy canchero, Dormer. Se mastica vivos a los policías lugareños con sus complejos argumentos citadinos. Se mueve por el destacamento local exigiendo cafecitos, papeles e información. 
Claro que Dormer no sabe todavía que el paso de las camisas floreadas de California a las interminables horas de luz de la helada inmensidad del norte de América acarrea alguna que otra consecuencia interesante.
Dormer deja de dormir. Al principio todo parece normal derivación de los clásicos desórdenes producidos por las diferencias horarias. Ya sabés: el avión, los husos diversos y esas pequeñeces.
Hasta que le pasa lo que le pasa.
El brillante detective de Los Ángeles mata accidentalmente a su compañero. En plena instancia de persecución del asesino misterioso, Pacino lanza un tiro desde su arma reglamentaria y el tipo se muere. Y ahí no le queda otra que empezar a conversar con el matador de la piba (que vio todo todito todo, en primera fila y con un balde de pochoclo sobre su falda) para poder salvar carrera y prestigio. 
El asesino es Robin Williams, novelista de morondanga que se enamoró de una pendeja a quien le compraba collares y vestidos esperando ser correspondido en el sentimiento erótico. Pero la  chiquita tenía a su novio, y si bien admiraba el costado intelectual del escritorzuelo del pueblo, no tenía demasiadas intenciones de que el viejo éste la tocara ni con un chorro de soda.
El asesino, mientras lleva adelante el chantaje hacia Dormer, le cuenta cómo pasaron las cosas con Kay, la chica bonita.
"¿Alguna vez se rieron de tí cuando te sentías vulnerable? Sólo le pegué un par de veces para que me respetara. Luego puse mi mano sobre su boca. Después todo estaba claro. No había vuelta atrás. Sí, la maté. Pero sólo fue un desenlace". 
Y Dormer, que sigue sin poder dormir, empieza a recordar demasiadas cosas. Que hace un tiempo investigó un caso en Los Ángeles donde un joven observó durante seis meses a un niño de ocho años mientras esperaba el colectivo, hasta que por fin se decidió y lo llevó a su casa. Ahí lo torturó y lo violó hasta que terminó por hastiarse y colgarlo del sótano con una cuerda demasiado floja que le provocó una postrera agonía. Dormer, que ya se acerca a la medianoche de su sexto día en Alaska sin pegar un ojo, sigue recordando que no existía un carajo de evidencia para culpar a semejante hijo de mil putas, y no se le ocurrió nada mejor que plantar  sangre del pendejito muerto en la casa del sujeto para que pudiese ser condenado.
En ese momento, este Dormer que no duerme piensa que tal vez mató a su compañero sin querer queriendo, para evitar que lo denunciara a Asuntos Internos por este desliz hematológico.
Entonces, el prestigioso detective, como cualquier criminal común, se pone a recorrer como loco a plena luz en plena noche las calles de ese pueblo tan bonito, para esconder el arma con la cual le dio el tiro de gracia a su viejo compañero Harp.
Y cuando ya vislumbra que todo está perdido y que Hilary Swank, la policía local que sospecha siempre, está por desenmascararlo, le confiesa algunas verdades a la dueña del hotel. La mujer le responde: "No estoy en posición de juzgar.  Es que aquí en Alaska viven sólo dos tipos de personas: los que nacieron en el lugar y los que vinieron escapando de algo. Y yo no nací aquí". 


Mientras la escucha, Dormer sigue intentando tapar las hendijas de las persianas con papeles de diario, frazadas y abrigos para que la noche blanca de Alaska le otorgue algo de la oscuridad necesaria para cerrar un rato los ojos antes del luminoso desenlace final.



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Referencias

- Insomnia ( Noches Blancas) (USA, 2002). Dir.: Christopher Nolan. Con Al Pacino, Robin Williams y Hilary Swank. Andá al video club y alquilala ahora mismo, ¡haceme caso, te digo!
- Murakami, Haruki. Escritor japonés contemporáneo. La novela que yo leía y releía en mis noches de insomnio se llama Al sur de la frontera, al oeste del Sol. Publicada en español por Tusquets, Buenos Aires (mi edición es de 2008). Muy recomendable y mejor escrita que otras novelas del mismo autor que tuvieron mucho más bombo, platillo y percusión (tipo Tokio Blues).

domingo, 19 de junio de 2011

Villa Oniria

En mi sueño el diablo era gay, moreno y enjuto.
Tenía un departamento con paredes muy blancas, un sweater Lacoste y una cabra bebé colgada del picaporte por el cuello. 
Un muchacho joven completamente desnudo estaba sentado en una mesa preparada para el té de las cinco. Yo empezaba a chupar la verga del chico, primero despacito y luego cada vez más fuerte porque el diablo me la estaba poniendo por atrás.
El chico lloraba mucho, pero no por eso dejaba de tener una erección estupenda. 
Cuando estaban por acabar, yo quitaba la verga del diablo de mi culo y la sostenía al lado de la del muchacho: después de admirarlas por unos segundos, lamía primero la del diablo, después la del pibe y finalmente me ponía ambas pijas en la boca. 
Todavía se escapaba el semen por la comisura de mis labios cuando disfrutábamos del té con leche con tarta de frambuesas.



Parece que aún me siguen impactando los finales de Emanuelle y de El bebé de Rosemary.
Es éso o no debo comer más de una porción de peras al borgoña cuando festejo los aniversarios.




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Referencias
- Emanuelle Arsan, Emanuelle. Tusquets - La Sonrisa Vertical. Edición de Página 12. Buenos Aires, 2000.
- El Bebé de Rosemary. USA, 1968. Dir.: Roman Polanski.  Con Mia Farrow, John Cassavetes, Ruth Gordon, Sidney Blackmer, Maurice Evans y Ralph Bellami.  Peliculón que, como me enseñó Por Una Solapa,  inaugura toda una forma de hacer cine de terror...  donde la bandita seguidora del diablo monta un hermoso five o´clock tea, por ejemplo.